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Cadena 3

Anticipos

Un adelanto de "Violeta", la última novela de Isabel Allende

La escritora más leída en español vuelve con una nueva obra tras el éxito de "Mujeres del alma mía". Saldrá a la venta el 25 de enero bajo el sello de Penguin Random House. 

19/01/2022 | 07:00

A fines de la década de los cincuenta, Julián iba a menudo a Argentina en vuelos misteriosos que se anotaban en la segunda contabilidad con un código que sólo él conocía, porque eran asuntos militares, como me explicó. Esta práctica del segundo juego de libros de contabilidad, que fue la ruina de mi padre, habría de penarme en los años de mi relación con Julián. Juan Perón andaba de un país a otro en exilio, y había sido reemplazado por gobernantes decididos a borrar su legado y acabar con toda forma de oposición. No necesité descifrar el código para adivinar que los viajes de Julián estaban relacionados con dinero de la corrupción y personas del gobierno en misiones secretas.

También empezaron sus viajes a Cuba y Miami, tan frecuentes como los de Argentina, pero estos no implicaban secretos militares y los discutía conmigo. Por su reputación bien ganada de piloto audaz lo había empleado la mafia, cuyo imperio criminal operaba en Cuba desde los años veinte, floreciendo bajo el auspicio de la dictadura de Fulgencio Batista, cuando controlaba casinos, cabarets, prostíbulos, hoteles, narcotráfico y contribuía espléndidamente a la corrupción del gobierno. Julián transportaba licor, drogas y muchachas, y realizaba otros servicios bien remunerados. De vez en cuando, sin embargo, traficaba con armas, que iban a dar por conductos clandestinos a los rebeldes de Fidel Castro, que luchaban por derrocar a Batista.

-Es decir, sirves a dos enemigos. Si te descubren, no quiero pensar lo que harán contigo -le advertí.

Pero me aseguró que no corría riesgo, sabía muy bien lo que hacía.

En uno de los viajes en que lo acompañé, nos alojamos como realeza en el recién inaugurado hotel Riviera, invitados por unos tipos jactanciosos, divertidos y hospitalarios, que incluso me dieron pilas de fichas para que me entretuviera apostando en el casino mientras Julián hacía algunas diligencias para ellos. No supe que eran de la mafia hasta varios años más tarde, cuando reconocí la foto del célebre gángster Lucky Luciano que fue publicada con motivo de su grandioso funeral en Nueva York.

Pasé esos días en La Habana jugando y perdiendo a la ruleta, arrullada por la voz de Frank Sinatra en persona, asoleándome en la piscina del hotel, donde se pavoneaban mujeres bellas y coquetas en bañadores mínimos, bebiendo pink martinis en el famoso cabaret Tropicana y bailando en varias discotecas al irresistible ritmo afrocubano que se había popularizado en todas partes, agasajada por acompañantes de una noche. Uno de mis anfitriones, que debía de ser un jerarca en el mundo criminal, me invitó a una fiesta en el palacio presidencial, donde Batista me saludó besándome la mano, mientras en las calles patrullaban vehículos militares. Nadie imaginaba que la orgía perpetua de la isla iba a terminar muy pronto.

En vista de los fajos de dinero que Julián solía poner en la caja fuerte, porque no podía depositarlos en el banco sin llamar la atención, le sugerí que comprara otro avión, sólo para uso de turismo y hombres de negocios, y contratara pilotos de confianza; un negocio legítimo, limpio y bien rentable. Le ofrecí financiar la mitad de la inversión con mis ahorros, siempre que estipuláramos mi participación como socia ante un notario. Se puso furioso porque yo no confiaba en su palabra de honor, pero al fin cedió porque la idea lo sedujo. La aviación comercial dependía de los aeropuertos existentes, que todavía se contaban con los dedos de una mano, pero los aviones anfibios podían llegar a cualquier parte donde hubiera suficiente agua.

Así nació la empresa privada Air Gaviota, que, con el tiempo, cuando tuvimos varios aviones, conectaría a la mayor parte del territorio nacional. Y así cumplí sin proponérmelo el sueño de mi padre antes de mi nacimiento, de invertir en aviones. Me tocó viajar a menudo a la capital, donde tuvimos que abrir una oficina, porque en este país todo está centralizado y lo que no sucede allí es como si no existiera. Pero Julián se aburrió con la empresa tan pronto estuvo organizada, porque carecía de excitación y no le ofrecía peligro; la rutina era para los otros pilotos, él andaba tras hazañas. Esos ingresos quedaban anotados en la contabilidad oficial, y la mitad eran míos.

Con los años, Julián no perdió nada de su asombrosa vitalidad, que le permitía beber como un pirata, pilotear cuarenta horas sin dormir, competir en salto a caballo y jugar varios partidos de squash en una sola mañana. Tampoco se le calmó el mal carácter, que estallaba como la pólvora con cualquier chispa insignificante, pero dejó de golpearme. Yo era depositaria de sus secretos y podía hacerle mucho daño.

-¡Piénsalo bien, Violeta. Si me dejas, tendría que matarte! -me gritó una vez.

-¡Tú también, Julián, piénsalo bien, porque vas a necesitar algo más que amenazas para retenerme! -le grité de vuelta.

Establecimos una tregua por tiempo indefinido, y me resigné a sobrevivir con pastillas para la ansiedad y otras para dormir.

¿Qué temía? Temía los estallidos violentos de Julián, las peleas a muerte, que los niños presenciaban y que a Juan Martín le provocaban crisis de asma y migrañas, mi debilidad para caer una y otra vez en las trampas que me tendía, aceptar las reconciliaciones alborotadas y perdonarlo. Temía que sus «misiones» lo condujeran a prisión o a la muerte; temía que las autoridades descubrieran la segunda contabilidad; temía que sus ganancias fueran a costa de sangre; temía a los hombres sospechosos que lo llamaban en horas de la madrugada y temía que de tanto andar con criminales estuviera infectado de maldad. Julián, en cambio, no temía a nada ni a nadie. Tenía buena estrella, había gozado de impunidad durante muchos años de vivir al filo de la navaja, era invencible.

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